Hace cuarenta años, Miralda puso en marcha un proyecto que desbordó por completo las categorías tradicionales del arte. Honeymoon Project no fue una exposición, ni una performance puntual, ni una obra cerrada en el tiempo: fue un proceso largo, expansivo y profundamente simbólico que se extendió durante seis años y atravesó ciudades, culturas, lenguas y comunidades.
La propuesta partía de una imagen tan poética como provocadora: un romance imaginario que culminaba en el matrimonio simbólico entre dos monumentos cargados de historia y poder —la Estatua de la Libertad en Nueva York y el monumento a Cristóbal Colón en Barcelona—. Al convertirlos en protagonistas de una historia de amor, Miralda los despojaba de su solemnidad habitual y los transformaba en personajes vivos, capaces de relacionarse, desplazarse y mezclarse con la gente.
Uno de los gestos más radicales del proyecto fue precisamente ese: hacer descender a los monumentos de sus pedestales simbólicos. A lo largo de los años, Honeymoon Project activó una serie de rituales públicos —pedidas de mano, anuncios de compromiso, intercambios de cartas de amor, regalos y celebraciones— en los que participaron miles de personas anónimas junto a instituciones, ciudades y profesionales de ámbitos tan diversos como la moda, la política o la gastronomía. El proyecto no se miraba: se vivía.
El intercambio cultural fue el verdadero motor de esta “luna de miel”. Regalos enviados desde distintas ciudades del mundo funcionaban como embajadores simbólicos de sus lugares de origen: objetos híbridos, extravagantes y festivos que hablaban de identidades urbanas, imaginarios colectivos y estereotipos culturales. Cada entrega era celebrada como un acontecimiento público, reforzando la dimensión performativa y comunitaria de la obra.
La comida ocupó un lugar central en todo este entramado. Banquetes, ofrendas, recetas, menús impresos y alimentos provenientes del Nuevo y el Viejo Mundo se convirtieron en materia artística. Comer, compartir y mezclar ingredientes funcionaba como una metáfora directa del intercambio histórico entre continentes, pero también como una forma de poner el cuerpo —y el gusto— en el centro de la experiencia artística.
Junto a la celebración, Honeymoon Project nunca dejó de señalar sus contradicciones. El idilio entre ambos monumentos evocaba también la historia violenta de la colonización, los desequilibrios de poder heredados y las tensiones que aún persisten bajo formas contemporáneas de neocolonialismo. El proyecto se desarrolló, además, en un contexto especialmente cargado: los centenarios de ambos monumentos y el Quinto Centenario del “Descubrimiento” de América, marcado tanto por festejos oficiales como por fuertes protestas anticoloniales. En ese escenario, la obra no tomaba una posición unívoca, sino que abría un espacio de fricción, ambigüedad y debate.
El lenguaje fue otro territorio de exploración fundamental. Palabras, traducciones, nombres propios y firmas se desplazaban entre idiomas y significados, evidenciando cómo la lengua también es un campo de poder, de malentendidos y de apropiaciones culturales.
Hoy, a cuarenta años de su inicio, Honeymoon Project sigue resultando sorprendentemente vigente. En un mundo donde los símbolos nacionales vuelven a endurecerse y las fronteras culturales parecen reafirmarse, la propuesta de Miralda recuerda el potencial crítico de la ficción, del ritual y de la celebración colectiva. Más que una obra sobre el pasado, fue —y sigue siendo— una pregunta abierta sobre cómo convivimos, qué historias contamos y quiénes participan en su construcción.





























































































