JOAN PONÇ en Brasil: Hacia lo esencial

Artist, 17 abril, 2026

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La etapa brasileña de Joan Ponç, desarrollada entre 1953 y 1964, constituye un punto de inflexión en su trayectoria, en el que su lenguaje plástico se reconfigura desde sus propios fundamentos. Este periodo no puede entenderse únicamente como un desplazamiento geográfico, sino como una experiencia que incide de manera directa en la forma en que la imagen se articula, se organiza y adquiere presencia.

Formado en el entorno de Dau al Set, Ponç había desarrollado una práctica intensamente vinculada a lo onírico y a lo psíquico, donde la figura operaba como umbral hacia dimensiones interiores. Su llegada a São Paulo lo sitúa en un contexto de gran densidad cultural —atravesado por múltiples tradiciones— que no se traduce en una incorporación de motivos reconocibles, sino en una transformación de las lógicas internas de la obra. Como señala Margaret dos Santos, «Brasil no proporciona a Ponç un repertorio formal que integrar, sino una experiencia que transforma su relación con la imagen».

Los diarios del artista permiten acceder a la intensidad de esta experiencia. En ellos, Brasil aparece como un espacio que altera profundamente su modo de percibir: «El hombre del Brasil se encuentra más próximo a la naturaleza que el europeo, formado a base de libros, de conceptos…» (Ponç, diario, ca. 1950s). Esta observación introduce una tensión persistente entre una cultura estructurada desde lo conceptual y una relación más inmediata con lo sensible, que atraviesa su producción y redefine su aproximación a la forma.

Durante estos años, la imagen se desplaza hacia un estado de apertura, donde la estabilidad cede lugar a una organización basada en relaciones internas, ritmos y densidades. En obras de la serie Suite Presència (c.a 1960), esta condición se hace particularmente evidente: la superficie se activa a partir de la repetición de signos, la acumulación de trazos y la construcción de patrones que generan una vibración sostenida. Los círculos concéntricos, las tramas de puntos y las estructuras modulares configuran un campo en tensión que intensifica la experiencia perceptiva y conduce la mirada hacia un estado de atención expandida.

Por su parte, en Suite Meses (c.a 1960), Ponç introduce una modulación distinta de esta lógica, donde el tiempo aparece como estructura subyacente de la imagen. Las composiciones se organizan en secuencias que sugieren ciclos, variaciones y recurrencias, activando una lectura en la que la repetición se articula con una idea de devenir. La imagen ya no se percibe únicamente como superficie vibrante, sino como un sistema que se despliega en intervalos, donde cada variación introduce un desplazamiento sutil respecto de la anterior. En este sentido, la serie propone una relación más explícita con el ritmo temporal, en la que la forma se construye desde la reiteración y la diferencia.

La afirmación de Margaret dos Santos —«la obra de este periodo no persigue la estabilización de la imagen, sino la intensificación de su vibración» — encuentra en ambas series una formulación complementaria: mientras Suite Presència concentra la vibración en la superficie, Suite Meses la expande hacia una lógica temporal, donde el ritmo se convierte en principio organizador.

Esta transformación se vincula también con una dimensión espiritual que adquiere mayor complejidad durante su estancia en Brasil, especialmente en relación con su interés por la tradición judaica. La imagen comienza a operar como un umbral, un espacio de mediación en el que lo visible se articula en relación con aquello que permanece en un régimen de latencia. En sus propios términos: «No se trata de pintar lo que se ve, sino de hacer visible lo que insiste detrás de las cosas» (Ponç, diario, ca. 1950s).

La producción de este periodo se sitúa así en un punto de máxima apertura, donde la práctica artística se afirma como un proceso en constante transformación. En este marco, las obras reunidas en la exposición adquieren una relevancia singular, en tanto han permanecido durante largos periodos resguardadas en colecciones privadas, fuera del circuito público, y se presentan hoy como un conjunto que permite acceder a una zona menos visible, aunque esencial, dentro del desarrollo de Joan Ponç.

En este horizonte, sus propias palabras permiten aproximarse a la conciencia que atraviesa esta etapa, donde la práctica artística se entiende como deriva, orientación y tránsito:

«Somos olas en un mar, o navío es mi atelier. Él flota, flota sobre este mar de almas que se agitan constantemente, que se funden, se destruyen, se comprenden y se ignora, quieren permanecer, pero sólo el mar permanece (…) Antes vivía en la superficie, pero sé ahora que lo que mantiene mi navío no es lo que se ve sino lo que existe (…) no es Nada y lo es todo (…) Cuando mi brújula se desorienta, vientos me conducen. Recuerdo de qué puerto salí, uno como todos los puertos. Sé que debo llegar y entregar el navío; cuándo, lo ignoro. Un día sabré que debo entregarlo todo. Mi misión estará realizada, el navío es frágil, el mar inmenso, espero no desaparecer en él (…) Mi navío es nuevo, no debo pensar en su fin sino en su ruta al norte, siempre para el Norte.» (Ponç, 2009, p. 41)